Su hermosa figura, de piel tersa y brillante por las continuas asoleadas en el gran islote, se recortaba sobre las rocas que recibían, una y otra vez, las caricias de las salinas aguas pacíficas. No había posibilidad de confundirse. Era la más bella. No lo eran menos las otras que compartían el lugar, pero su estatura y presencia traían las más exquisitas evocaciones estéticas. Estaba realmente embobado. No sabía si eran sus grandes y voluptuosas caderas o la deliciosa humedad de sus ojos con párpados que bajaban coquetos cada vez que sus miradas se cruzaban. O su sonrisa, o sus blanca y bien cuidada dentadura, o su pelo sedoso y brillante, como brillante el sol que acariciaba su deseable cuerpo.
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